Relación Padre-Hijo ¿Obediencia o sumisión?

Muchos padres buscan que sus hijos atiendan a sus órdenes y obedezcan. Sin embargo, el tipo de relación entre padre e hijo, es decir, según el apego que exista entre ambos, en vez de obediencia veamos en el niño una sumisión.

En la obediencia, uno acepta, accede, de buena gana acatar la voluntad o ley del otro, en este caso, del padre, mientras que en la sumisión, el niño se siente obligado a hacer lo que el otro quiere.

El neurólogo y psiquitara Boris Cyrulnik, aborda este tema en el libro “Autobiografía de un espantapájaros” de editorial Gidesa, en donde se explaya en uno de los temas más atrayentes de la psicología actual, la resiliencia.

La obediencia y la sumisión tienen mucho que ver con la autonomía que podrá alcanzar un niño en la vida. Desde pequeños exploran y tratar de sobrepasar límites, pero muchas veces los resultados pueden ser peligrosos. Por eso, es importante que los niños vean las ventajas de obedecer y también que los padres comprendan que el sometimiento permanente puede terminar llevando al niño a no intentar ganar espacios o aventurarse por la negativa reacción del otro.

Los niños no comprenden que en su desarrollo dependen del otro, el padre, para su sobreviencia, sólo perciben que viven a merced de su voluntad, pero obtendrán autonomía en la medida que el apego que establezcan sea sano.

Cyrulnik señala que “la dependencia afectiva enseña la obediencia que establece un vínculo tranquilizador, mientras que la sumisión conduce a la humillación que, a su vez, lleva a la vergüenza de uno mismo”.

El experto afirma que desde el principio, la obediencia constituye una negociación afectiva de la que obtenemos un gran beneficio, pues precisamente gracias a esta transacción adquirimos confianza en nosotros mismos..

En cambio, el niño desobediente que parte en cualquier dirección, no construye una trayectoria existencial y calcula mal los riesgos, lo cual aumenta las probabilidades de fracasos y accidentes.

“Un niño sometido –acclara- tampoco toma una dirección que le conviene porque espera que el otro decida en su lugar y le imponga su ley. Solamente la obediencia permite resolver esta paradoja de la condición humana: tengo necesidad de otro para llegar a ser mi mismo”.

Cyrulnik hace una diferencia entre la obediencia socializante, que describe como aquella en la cual hay un lazo afectivo que hace aceptar las sugerencias del otro y donde hay placer en compartir una creencia. En contraposición, nos encontramos con la obediencia perversa que lleva a aberraciones como el antisemitismo impulsado por Hitler.

“Para vivir juntos y construir lo social, para evitar la relaciones de fuerzas, debemos aceptar la obediencia: al hacerlo experimentamos un extraño placer, pues obtenemos autorización para permanecer junto a la figura de apego que nos da seguridad y esperamos integrarnos en un sistema social que nos aproxima al jefe”, explica.

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